La abuela tenía razón y desde ese día nunca me pude bajar de la montaña rusa. Como niño subirme en ella fue una experiencia de emoción y miedo pero con sensación de alegría porque no entendía el significado real que tenía para la abuela. Yo decidí subir me en la montaña rusa de la vida y por tanto subía y bajaba con lo que las otras personas hablaban y pensaban de mí. Un día me hacían sentir un ganador y al otro día como el más fracasado de todos. Un día era el empleado del mes y el otro mes al que debían despedir. Un día era el mejor padre porque había traído muchos juguetes nuevos y al otro día ni se acordaban de mí. Un año era el mejor futbolista del equipo y el otro año no tenía ni equipo. Un día me decían gordo y el otro día me decían flaco. Un día era el mejor esposo del mundo y al otro “por qué me casé contigo”. Esa fue mi vida, un día sí y otro día no. Un sube y baja constante. No era obligatorio subir a ell, pero yo lo hacía todos los días. Yo creo que desde ese primer día había comprado un boleto que era ilimitado y me podía subir las veces que lo deseara, pero creo que nunca ni siquiera me bajé.